Historia

La tradición en Estados Unidos de conceder la victoria presidencial

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Ningún candidato a presidente de los Estados Unidos, que haya perdido en la sumatoria de votos electorales, se ha negado a conceder la victoria a su oponente. Trump, hasta el momento, es el primero. Sin embargo, ha habido casos históricos en que la puja por la presidencia ha sido tan apretada que, cuando los medios reportan que hubo un ganador, el perdedor no es del todo complaciente con la tradición de saludar al presidente electo.

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En 1916, el republicano Charles Evans Hughes tardó dos semanas en felicitar a su oponente demócrata Woodrow Wilson. Esto luego de dos días de reconteo de votos que al principio daban ventaja a Evans Hughes y que lo ilusionaron con ser el nuevo presidente.

Otro ejemplo ocurrió en 1944, cuando el republicano Thomas Dewey perdió contra el demócrata Franklin Delano Roosevelt. Aunque Dewey reconoció su derrota y concedió la victoria a Roosevelt, lo hizo por radio, y no como la tradición dicta que debía hacerlo por medio de una llamada telefónica o de un telegrama. Un gesto que irritó bastante a Roosevelt.

La admisión de la derrota y la concesión de la victoria se convirtió en una tradición desde 1800

Cuando al segundo presidente de Estados Unidos, John Adams, se le escapó su reelección, demostró que no era un buen perdedor. Adolorido, Adams abandonó a hurtadillas Washington D. C., para evitar asistir a la toma de posesión de su sucesor Thomas Jefferson. Un desplante que tuvo que ser remendado con la elaboración de unos compromisos honoríficos para asegurar una transición pacífica del poder.

En cuanto a historia reciente de elecciones estadounidenses, el caso más polémico de una puja presidencial ocurrió entre el candidato republicano George W. Bush, y el demócrata Al Gore en el año 2000. El pulso de votos por la Florida, el estado que determinaría el ganador, derivó en una batalla legal de tribunales y cortes, que tardó más de un mes después del día de las elecciones.

Según Edward B. Foley, en su libro Batallas de Votación, ciertamente se puede culpar a la Corte Suprema de Justicia por no permitir que la Florida finalizara el reconteo que exigían los demócratas. Pero también plantea que si otro recuento hubiera ocurrido, podría no haber hecho ninguna diferencia en el resultado. De manera que cuando se declaró a George W. Bush como presidente electo, Al Gore, tras varias semanas de lucha e incertidumbre, aceptó su derrota: "Que no quede la menor duda: si bien estoy totalmente en desacuerdo con la decisión de la Corte, la acepto... y por el bien de nuestra unidad como pueblo y la fuerza de nuestra democracia, ofrezco mi concesión".

De vuelta al presente, y según apunta la investigadora de National Geographic, Amy McKeever, dado que conceder la victoria "no es una parte formal del proceso electoral", no habría consecuencias legales si Trump se negara a hacerlo. Pero según plantea en su investigación, a pesar de no haber consecuencias legales, es importante que los candidatos presidenciales reconozcan la victoria de su oponente, "por que las palabras importan". Un gesto que apuntala la democracia estadounidense, incluso en sus momentos de mayor crisis. 

 

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