¿Quiénes han peleado la despiadada guerra de Siria que cumple 10 años?

Esta foto de archivo tomada el 1 de marzo de 2018 muestra a un miembro de la policía militar rusa haciendo guardia entre los retratos del presidente sirio Bashar al-Assad, a la derecha, y el presidente ruso Vladimir Putin, colgado en un puesto de control de Wafideen, a las afueras de Damasco.
Esta foto de archivo tomada el 1 de marzo de 2018 muestra a un miembro de la policía militar rusa haciendo guardia entre los retratos del presidente sirio Bashar al-Assad, a la derecha, y el presidente ruso Vladimir Putin, colgado en un puesto de control de Wafideen, a las afueras de Damasco. © Louai Beshara, AFP

Siria no se parece en nada a lo que era hace 10 años. Ahora es un país en ruinas, con más de 500.000 muertos, 6,7 millones de desplazados internos y 5,6 millones de exiliados. El conflicto ha enfrentado a las fuerzas leales a Bashar Al-Assad contra un variado grupo de opositores, entre los que se cuentan el Ejército Libre de Siria, el Frente Al Nusra, facciones Kurdas del YPG y facciones islámicas como Al Qaeda y el grupo Estado Islámico. Pero también han combatido Rusia, Estados Unidos, Irán, Arabia Saudita y más. 

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La Guerra de Siria cumple 10 años desde la chispa que encendió el conflicto. En el año 2011, Siria concentraba una población de 22 millones de personas, con diversidad de culturas y credos religiosos, en su mayoría árabes de fe musulmana.

En aquel año, el país acumulaba cuatro décadas de régimen autoritario de la dinastía Al-Assad: Hafez, el padre, de 1971 hasta su muerte en el 2000, y Bashar, el hijo, quien lo sucedió. Ambos gobernaron con mano de hierro, amparados en un prolongado Estado de emergencia. Las consecuencias de esas cuatro décadas fueron un marcado deterioro del estado social, un detrimento absoluto de la democracia, el aumento de la pobreza y la expansión del miedo. 

Con la ola de manifestaciones masivas de 2011 conocida como la Primavera Árabe, países como Túnez y Egipto lograron derrocar a sus líderes autoritarios, Ben Alí y Hosni Mubarak, quienes llevaban décadas en el poder. 

En Siria, evocando a sus vecinos, una amplia mayoría de ciudadanos se volcó a las calles. El primer episodio crítico ocurrió en Deraa, ciudad al sur de Damasco, en marzo de 2011. Varios adolescentes fueron arrestados por pintar graffitis contra Bashar al-Assad. 

La policía secreta llamada ‘mukhabarat’ torturó a estos jóvenes y luego masacró a sus familiares. La rabia se apoderó de los habitantes de Deraa, quienes salieron en masa a protestar, y cuyo sentir se expandió a otras ciudades como Homs, Damasco, y Alepo. 

Los primeros actores del conflicto: las fuerzas del Gobierno contra los rebeldes

La respuesta de Bashar Al-Assad a la protesta social fue la de militarizar muy rápidamente el país y contener con extrema violencia a los manifestantes. 

Para ello, desplegó a las Fuerzas Armadas Sirias, así como a unos grupos paramilitares conocidos como los ‘Shabiha’, quienes en abril de 2011, ya habrían asesinado al menos a 300 personas. 

Tres meses después del estallido social, en junio de 2011, aumentaron los entierros de manifestantes, así como los desplazamientos de refugiados hacia Turquía. Es el mismo momento en que, según el Observatorio Sirio de Derechos Humanos, decenas de miles de soldados desertaron de las Fuerzas Armadas y se concentraron en zonas rurales para formar una guerrilla de oposición a Bashar Al-Assad llamada el Ejército Libre de Siria. 

Estos rebeldes antigubernamentales fueron presuntamente financiados por países del golfo como Arabia Saudita, Kuwait, Emiratos Árabes Unidos y Qatar, quienes apoyaban la caída de Bashar al-Assad, por ser un líder de credo alauita, una rama moderada del chiismo, en un país habitado por una mayoría sunita. 

En contraparte, la República Islámica de Irán, férrea enemiga de Arabia Saudita, entró en el conflicto para apoyar el Gobierno de Al-Assad, no solo como reciprocidad por el apoyo sirio prestado en la guerra de Irán contra Irak en 1982, sino por defender la permanencia del chiismo en el gobierno de Damasco.

En 2012 se saltó de las marchas a la confrontación directa. La ciudad de Homs fue sitiada en febrero de ese año, y en julio estalló la Batalla de Alepo en la milenaria metrópolis siria. 

Similar a lo sucedido en Homs y Alepo, las confrontaciones se replicaron en otras ciudades como Raqa, Hama, las afueras de Damasco y prácticamente todo el territorio. Se trataba de dos bloques, uno conformado por los rebeldes entre los que batallaban el Ejército Libre de Siria, el Frente Al Nusra, facciones islámicas como Al Qaeda y facciones Kurdas del YPG. En el otro bloque, las fuerzas armadas leales a Bashar Al Asad, a las cuales se sumaron las fuerzas del grupo Hezbolá, provenientes del Líbano y declarados enemigos de Israel. 

Pero la degradación del conflicto llegó con dos componentes: los bombardeos de armas químicas y las bombas de racimo de parte del Gobierno de Al-Assad; y los horribles crímenes perpetrados por el Estado Islámico. 

La aparición del Grupo Estado Islámico y las potencias extrajeras

A finales de 2011, células de radicales islamistas de Irak cruzaron la frontera hacia Siria, para crear el frente de la victoria Al-Nusra. Estos radicales islamistas de Irak, próximos a Al-Qaeda, reclutaron a miles de radicales islamistas en Siria, y de esta forma renovaron la organización autodenominada Estado Islámico. Un grupo terrorista que ejecutó una cruenta guerra contra el gobierno de Al-Assad, contra la población civil y contra todo aquel que no fuera musulmán. 

Ante la dominación del despiadado grupo Estado Islámico en el norte de Siria, zona que controlaba a mediados de 2014 y donde proclamó un califato, Estados Unidos decidió el 10 de septiembre del mismo año entrar en la guerra bajo la premisa de la lucha contra el terrorismo.

Varios otros países conformaron una coalición para apoyar la tarea de Estados Unidos en el bombardeo de enclaves yihadistas, como la ciudad de Raqa, y en el apoyo militar a las facciones kurdas, las principales afectadas por el devastador paso del Estado Islámico. Solo hasta diciembre de 2018, el entonces presidente Trump dijo haber ganado la guerra contra aquella organización.

Si Estados Unidos entró en la guerra en 2014, también lo hizo Rusia el 30 de septiembre de 2015 a petición de Bashar Al-Assad, su aliado en la región de Medio Oriente. 

Cabe recordar la importancia de Siria para la geopolítica rusa, teniendo en cuenta que los rusos poseen la base naval de Tartús en territorio sirio, un enclave estratégico que mira hacia el Mediterráneo. 

El apoyo ruso, y también el chino, a las fuerzas gubernamentales sirias fue fundamental para que Al-Assad retomara en diciembre de 2016 el control de Alepo. También para que en 2018 volviera a controlar el 70 % del país, a excepción de un reducto de rebeldes en la región de Idlib, que trae a escena la ocupación turca del norte de Siria para impedir a toda costa el paso de millones de kurdos y la creación de un estado del Kurdistán. 

Tanto rebeldes, como fuerzas del Gobierno, como potencias extranjeras, son responsabilizadas por organismos como Human Rights Watch y Amnistía Internacional de la muerte indiscriminada de decenas de miles de civiles y la violación sistemática de los derechos humanos. 

Aunque el conflicto activo ha disminuido, en Siria todavía no hay cabida a la esperanza. Sin ir más lejos, el 90 % de los niños necesitan ayuda humanitaria.

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